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DISCUTIR SIEMPRE POR LO MISMO EN PAREJA

mnwodnik
hace 5 días
7 min de lectura


Que hay debajo del conflicto que se repite Discutir siempre por lo mismo en pareja suele ser la señal de que la discusión nunca ha tratado de lo que parece. Los platos sin fregar, el móvil en la cena o la visita a la familia política son la superficie. Debajo hay una necesidad que uno de los dos lleva tiempo sin poder expresar de forma que el otro la reciba, y una manera de defenderse que el otro aprendió mucho antes de conoceros. Si te reconoces en esa sensación de repetir el mismo guion, con las mismas frases y el mismo final, es probable que lo que tenéis delante sea un circuito más que un problema de comunicación.


Hay algo casi cómico en esas discusiones cuando se miran desde fuera: cualquiera de los dos podría escribir el diálogo del otro. En consulta, cuando pido a una pareja que me cuente su última pelea, a menudo uno termina las frases del otro, y en ese momento aparece una sonrisa cansada, de reconocimiento. Esa sonrisa ya es un comienzo con cierta complicidad.

En este artículo exploramos por qué discutir siempre por lo mismo en pareja es tan habitual, qué necesidad suele esconderse debajo, de dónde viene la forma en que cada uno se defiende y qué ocurre en el cuerpo cuando el guion se pone en marcha.

Discutir en pareja
Discutir en pareja

1. ¿Por qué discutir siempre por lo mismo en pareja es tan frecuente?

2. ¿Qué hay debajo de discutir siempre por lo mismo en pareja?

3. ¿De dónde viene discutir siempre por lo mismo en pareja?

4. ¿Qué ocurre en el cuerpo al discutir siempre por lo mismo en pareja?

 

1. ¿Por qué discutir siempre por lo mismo en pareja es tan frecuente?

Los estudios que han seguido a parejas durante años, grabando sus conversaciones y observando cómo evolucionaban, llegaron a una conclusión a la vez inquietante y liberadora: alrededor de dos tercios de los conflictos de una pareja son perpetuos. Vuelven una y otra vez porque nacen de diferencias de temperamento, de ritmo o de valores que acompañan a cada persona toda la vida. Uno necesita orden para sentirse tranquilo y el otro necesita margen para sentirse libre. Uno se recarga con gente y el otro con silencio.

Las parejas que se sostienen en el tiempo también tienen esos temas. Lo que cambia es el tono con el que vuelven a ellos: con curiosidad, con humor, con la sensación de estar hablando de algo compartido. Las parejas que se desgastan llegan a esos mismos temas como quien regresa a un terreno ya conocido, con las trincheras cavadas y los argumentos preparados antes de abrir la boca.

Desde la terapia sistémica miramos la discusión repetida como una secuencia circular. Él se aleja porque ella critica; ella critica porque él se aleja. Cada uno cuenta la historia empezando por el movimiento del otro, y los dos tienen razón en su fragmento de la película. Mientras la pregunta sea quién empezó, el guion queda a salvo. ¿Reconoces en qué momento empieza vuestra discusión según tú, y en qué momento empieza según tu pareja?



2. ¿Qué hay debajo de discutir siempre por lo mismo en pareja?

Si escuchamos con atención una discusión que se repite, encontramos casi siempre dos planos. En la superficie hay un contenido: la hora de llegar, el dinero, el reparto de tareas. Debajo hay una pregunta más antigua y más vulnerable, que la terapia focalizada en las emociones formula con una sencillez que desarma: ¿estás ahí para mí?, ¿te importo?, ¿puedo contar contigo cuando te necesito?

Pienso en una pareja, con los detalles cambiados, que discutía cada semana por los platos. Ella llegaba del trabajo, veía la pila en el fregadero y algo se encendía. Él respondía que los fregaría luego, que no era para tanto. Cuando pudimos ir más despacio, ella descubrió que aquella pila le decía «estás sola en esto», la misma sensación que había tenido de niña cuidando de sus hermanos pequeños. Él descubrió que el tono de ella le devolvía a una frase conocida de su infancia: nunca haces nada bien. Ninguno de los dos estaba hablando de platos.

Las emociones que se ven en la discusión, el enfado, el sarcasmo, el portazo, suelen ser emociones secundarias. Protegen otras más difíciles de mostrar: miedo a no importar, vergüenza, tristeza, la sensación de no ser suficiente. Mientras la pareja discute desde las emociones secundarias, cada uno responde a la armadura del otro, y la necesidad que había debajo se queda sin respuesta. Por eso vuelve. Desde la Gestalt lo llamaríamos un asunto inconcluso: algo que no pudo completarse y que busca cerrarse, una y otra vez, en escenarios nuevos.

En DETRÁS DEL ARCOÍRIS, Maya, Nicolás y Sara se encuentran con una pregunta que ilumina esta idea: qué sale de cada uno cuando alguien le aprieta.

Así lo leí en la página 79 de DETRÁS DEL ARCOÍRIS. LA SABIDURÍA.

—Si lo que sale de ti es ira, tristeza o miedo es porque eso es lo que hay dentro. No importa quién te aprieta: tu madre, tu padre, tu pareja […]. En un primer instante, es normal que nos defendamos, nos bloqueemos o queramos salir corriendo. […] Los seres humanos tenemos la capacidad de convertir nuestros venenos en miel.

Pensar la discusión repetida desde aquí puede resultar incómodo al principio, porque devuelve la mirada hacia dentro. También abre una posibilidad: si lo que sale es mío, también puedo conocerlo, y lo que se conoce empieza a poder transformarse.


3. ¿De dónde viene discutir siempre por lo mismo en pareja?

La forma en que discutimos se aprende mucho antes de tener pareja. Se aprende en la mesa de la infancia, observando cómo se trataban los adultos cuando no estaban de acuerdo, y sobre todo experimentando cómo respondían a nuestro propio malestar las personas que nos cuidaban.

Un niño cuya madre se desbordaba cada vez que él se enfadaba aprende que su enfado es peligroso, y de adulto puede callar hasta que explota. Una niña cuyo padre solo la miraba cuando alzaba la voz aprende que, para ser vista, hay que insistir. Un niño que vio a sus padres pasar días sin hablarse tras una pelea aprende que el conflicto rompe el vínculo, y hará casi cualquier cosa por evitarlo, incluso ceder en lo que le importa y guardar un resentimiento que saldrá más tarde por otro sitio.

¿Qué pasaba en tu familia cuando alguien se enfadaba? ¿Cómo respondían tu madre, tu padre o quien te cuidaba cuando llegabas triste, asustado o furioso? ¿Había sitio para tu malestar, o había que esconderlo, o había que gritarlo para que existiera?

La teoría del apego ayuda a entender que estas respuestas fueron adaptaciones inteligentes de un niño que dependía de esos adultos para sentirse a salvo. La dificultad aparece cuando la estrategia que protegía al niño se activa intacta frente a una pareja que no es aquel padre ni aquella madre, y que a su vez está respondiendo con su propia estrategia antigua.

Desde la mirada fenomenológica de las constelaciones familiares aparece a veces otra capa: las lealtades silenciosas. Discutir como discutían los padres puede ser, de un modo que no se piensa, una forma de seguir perteneciendo a ellos. Reconocerlo no obliga a nada. Da, eso sí, un poco más de libertad para elegir.

Conflicto en la pareja
Conflicto en la pareja

4. ¿Qué ocurre en el cuerpo al discutir siempre por lo mismo en pareja?

Cuando una discusión conocida arranca, el cuerpo reconoce el guion antes que la mente. El sistema nervioso ha registrado tantas veces esa secuencia que se anticipa: el pulso se acelera, la mandíbula se tensa, el estómago se cierra. La investigación con parejas en conflicto ha observado que, cuando la frecuencia cardiaca supera aproximadamente las cien pulsaciones por minuto, la capacidad de escuchar y de pensar con matices disminuye de forma notable. En ese estado, el cerebro prioriza la defensa, y cualquier frase del otro se escucha como un ataque, incluso la que pretendía acercarse.

Cada persona sale de lo que en neurobiología interpersonal se llama ventana de tolerancia a su manera. Unas por exceso de activación: suben el tono, insisten, necesitan resolverlo ya. Otras por desconexión, con una calma aparente que por dentro es bloqueo, la mirada que se pierde, los monosílabos, la retirada a otra habitación. Y cada una lee el estado de la otra como la prueba de que no le importa.

Por eso buena parte del trabajo terapéutico con las discusiones repetidas pasa por el cuerpo. Desde el mindfulness y la terapia de aceptación y compromiso cultivamos la capacidad de permanecer presentes cuando aparece la urgencia de contraatacar, de justificarse o de huir, en mitad de la activación real y sin necesidad de actuarla en ese mismo instante. Notar el calor que sube a la cara. Nombrarlo por dentro sin juzgarlo, y recordar que ese impulso tiene una historia más larga que la de esta pareja.

Algunas parejas acuerdan una pausa cuando uno de los dos nota que se desborda, con el compromiso de volver a la conversación en un tiempo concreto. Esa vuelta cumplida, repetida muchas veces, enseña al sistema nervioso algo que puede no haber aprendido nunca: que un conflicto se puede atravesar sin que el vínculo se rompa. Cuando el guion lleva años funcionando, suele hacer falta un tercero que lo haga visible. En terapia de pareja la atención se desplaza de quién tiene razón hacia lo que cada uno necesita debajo de su forma de defenderse, y hacia cómo pedirlo de un modo que el otro pueda recibir.


Una última reflexión

Discutir siempre por lo mismo en pareja cansa, y a veces asusta, porque parece la prueba de que nada cambia. La repetición admite, sin embargo, otra lectura: la de una insistencia. Algo en la relación, o en cada uno, sigue pidiendo ser escuchado, y vuelve con la tenacidad de lo que importa.

Puede que la próxima vez que reconozcas las primeras frases del guion aparezca una pregunta distinta de la de siempre. Qué estoy pidiendo en realidad. A quién se lo pedí por primera vez. Qué necesitaría escuchar para que esta discusión no tuviera que volver. Esas preguntas no resuelven la pelea de esta noche, y abren otra conversación, más lenta, con una parte de la propia historia que lleva tiempo esperando su turno.

Si esta dinámica te resulta familiar, puedes solicitar acompañamiento profesional conmigo.

O adentrarte en la historia de Maya, Nicolás y Sara en DETRÁS DEL ARCOÍRIS. LA SABIDURÍA


Detrás del arcoíris la sabiduría
DETRÁS DEL ARCOÍRIS. LA SABIDURÍA

Miryan Wodnik Valdés

Colegiada nº M-15316, Colegio Oficial de la Psicología de Madrid


 
 
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