CONTRAFOBIA
¿Lanzarse hacia lo que asusta es otra forma de huir del miedo?
Hay personas a las que todo el mundo describe como valientes. Aceptan el reto antes de que nadie termine de plantearlo, dicen «yo me encargo» cuando los demás dudan y parecen ni asustarse. Si te reconoces en esta descripción, quizá también conozcas lo que queda detrás: el cansancio de tener que demostrar, una y otra vez, que nada temes. La psicología llama contrafobia a esta tendencia a lanzarnos hacia aquello que tememos para no tener que sentir el miedo. Desde fuera se parece al coraje. Interiormente, suele funcionar como una huida hacia delante, una manera de evitar el miedo.
En este artículo exploramos qué es la contrafobia, de dónde nace, también cómo aparece en la pareja y en el duelo, qué la distingue de la valentía y qué sucede cuando, en lugar de desconectar el miedo a toda prisa, empezamos a escucharlo.
1. ¿Qué es la contrafobia?
El psicoanalista Otto Fenichel describió en 1939 la actitud contrafóbica como una defensa en la que la persona busca activamente la situación temida, con la fantasía de dominarla. “Si subo al lugar más alto, nadie, ni siquiera yo, podrá decir que tengo vértigo”. El mecanismo tiene algo de ingenioso: transforma la vivencia pasiva de estar asustados en una vivencia activa de control.
Lo que la contrafobia no hace es procesar el miedo. Lo sortea. La emoción queda soterrada, mientras la osadía se manifiesta por ella. Por eso es frecuente que quien funciona así se sorprenda cuando, años después, el cuerpo empieza a pasar factura en forma de insomnio, contracturas, crisis de ansiedad que aparecen aparentemente sin motivo o irritabilidad.
Desde la terapia de aceptación y compromiso podemos entenderla como una forma sofisticada de evitación experiencial. Evitamos la experiencia interna del miedo, esa presión en el pecho o esos pensamientos de amenaza, mediante una conducta que paradójicamente nos propulsa hacia la situación temida. Nos aproximamos al objeto y nos alejamos de nosotros mismos.
En la consulta se la reconoce por un detalle: la prisa. Entre el estímulo que asusta y la acción apenas hay pausa. Se reacciona antes de sentir, y esa velocidad, que algunos entornos laborales y sociales premian, deja poco espacio para preguntarse qué está ocurriendo por dentro.
2. ¿De dónde nace la contrafobia?
Nadie nace contrafóbico. Lo aprendemos, casi siempre en la infancia y en relación con las personas de las que dependíamos. «No llores, que no es para tanto», «los mayores no tienen miedo», «tú puedes con todo». Cuando el miedo de un niño no encuentra una figura que lo reciba y lo calme, lo que John Bowlby llamó una base segura, el niño aprende a resolverlo solo. Y si nadie va a acompañarte, la manera más rápida de dejar de sentir miedo es actuar como si no existiera.
¿Reconoces este patrón en tu historia? ¿Qué ocurría en tu familia cuando, de pequeño o de pequeña, decías que tenías miedo? ¿Había alguien que se acercaba a sostenerte, o el mensaje era que debías arreglártelas? A veces el niño ni siquiera llegaba a decirlo, porque veía a una madre o a un padre desbordados y entendía que su miedo sería una carga más. Hemos hablado de estas huellas tempranas en el artículo sobre las heridas de la infancia, y la contrafobia es una de sus formas de protegerse de las amenazas durante etapas de soledad en la infancia.
En ocasiones, la contrafobia tiene además un aire de lealtad. En familias que atravesaron guerras, migraciones o pérdidas tempranas, mostrar miedo podía vivirse como un riesgo para el grupo. Desde la mirada fenomenológica de las constelaciones familiares, observamos cómo algunos hijos toman esa fortaleza como un mandato, como si permitirse la fragilidad fuera desentenderse de quienes no pudieron permitírsela.
La neurociencia ayuda a entender por qué esta estrategia se fija con tanta fuerza. Ante una amenaza, si la búsqueda de protección no está disponible, el sistema nervioso recurre a la movilización. El impulso de lucha se vuelve hábito, y la descarga de adrenalina aporta una sensación de potencia que alivia, durante un rato, la indefensión de fondo.
3. ¿Cómo se manifiesta la contrafobia en la pareja y en el duelo?
En la pareja, la contrafobia suele aparecer allí donde más nos asusta la dependencia. Puede adoptar la forma de quien se marcha antes de que puedan dejarle, de quien provoca una discusión porque el conflicto le resulta más tolerable que la incertidumbre, o de quien declara con firmeza: «A mí no me da miedo que te vayas». También se expresa en compromisos precipitados, como irse a vivir juntos a las pocas semanas, para no tener que atravesar la espera de conocerse o de ser rechazado. Muchas de estas dinámicas se entrelazan con lo que describimos en el artículo sobre el apego ansioso y evitativo en la pareja.
Recuerdo a una mujer que, cada vez que su pareja se mostraba algo distante, proponía separarse. No quería romper la relación; quería dejar de esperar el golpe. Tomar la decisión antes que el otro le devolvía una sensación de control que la incertidumbre le arrebataba. Le costó tiempo descubrir que aquel gesto, vivido como valentía, era la forma que había encontrado de no sentir el miedo a entregarse y ser abandonada. Concluyó que, con frecuencia, huyendo de sentir, se había expuesto a situaciones temerarias.
En el duelo, la contrafobia toma a menudo la forma de la hiperactividad. Volver al trabajo al día siguiente del funeral, vaciar el armario del ser querido en una tarde, organizar, gestionar, cuidar de todos. Alrededor se escucha: «Qué entera está» o «qué fuerte es». El modelo de proceso dual de Margaret Stroebe y Henk Schut describe un duelo saludable como una oscilación entre momentos de contacto con la pérdida y momentos de reconstrucción de la vida. La contrafobia detiene esa oscilación en el polo de la acción, y lo que queda sin atender es el miedo que la pérdida deja al descubierto: la propia vulnerabilidad, la conciencia de que también nosotros podemos seguir "dueliendo".
4. ¿Qué diferencia la contrafobia de la valentía?
Valentía y contrafobia pueden producir exactamente la misma conducta. Lo que las distingue aparece cuando miramos cómo se llega a ella. La valentía incluye el miedo: lo siente, lo reconoce y avanza con él al lado. La contrafobia necesita negarlo para poder moverse.
Esta diferencia tiene una traducción clínica. Las terapias de exposición, con un respaldo empírico sólido en el tratamiento de las fobias y la ansiedad, funcionan cuando la persona permanece en contacto con el miedo el tiempo suficiente para que el sistema nervioso aprenda algo nuevo. Las investigaciones de Michelle Craske sobre el aprendizaje inhibitorio muestran que ese aprendizaje depende menos de que el miedo disminuya que de comprobar que podemos tolerarlo. La contrafobia hace el recorrido inverso: entra en la situación a toda velocidad, sin permitirse sentir, y sale de ella sin haber aprendido nada sobre la propia capacidad de sostener la emoción ante la dificultad. Por eso necesita repetirse, y cada nuevo reto se parece al anterior.
La Gestalt lo explica a través del ciclo de contacto. Antes de actuar, el organismo necesita darse cuenta de lo que siente, y es precisamente ese darse cuenta el que la contrafobia interrumpe. ¿Qué notas cuando superas un reto? ¿Te queda la sensación de haber crecido, o la de haber esquivado algo por poco? La respuesta suele decir bastante sobre cuál de las dos fuerzas te puso en movimiento.
5. ¿Cómo se transforma la contrafobia en terapia?
El trabajo terapéutico con la contrafobia empieza por algo que a quien la vive le resulta extraño: bajar el ritmo.Practicamos la capacidad de permanecer presentes justo cuando aparece la urgencia de lanzarse, de resolver o de demostrar, para poder registrar qué ocurre en el cuerpo en ese instante. Dónde se aprieta, qué se acelera, qué pensamiento llega primero. Desde el mindfulness, esa pausa abre un espacio en el que el miedo puede ser sentido sin que tome el mando y sin que tengamos que ocultarlo detrás de la acción.
Con el tiempo, el miedo cambia de lugar en nuestra vida. Deja de ser un enemigo al que derrotar y empieza a funcionar como una señal que merece ser leída. En DETRÁS DEL ARCOÍRIS hay un momento en el que la madre de Sara decide relacionarse con su miedo de otra manera, gracias a algo que le enseñó su propia hija.
Así lo leí en la página 170 de DETRÁS DEL ARCOÍRIS. LA SABIDURÍA.
—Esta vez, no quería que el miedo volviera a ganarle. Su hija le había enseñado cómo hacerle un guiño al M I E D O considerando su «significado secreto»:
M = más
I = investigación
E = en
D = donde
O = hay obstáculo.
Me gusta esta forma de abordar la inseguridad porque desplaza la pregunta. Allí donde aparece el obstáculo, hay algo que investigar. La contrafobia salta el obstáculo sin reconocerlo como amenazante, mientras que la investigación se detiene a observarlo con curiosidad. Podemos formular las siguientes preguntas: ¿Qué protege este miedo? ¿Cuándo lo sentí por primera vez? ¿Quién estaba, o quién faltaba, cuando aprendí que no podía mostrarlo? Que sea Sara, una niña, quien enseña a su madre este juego tampoco es casual: el humor y el juego disminuyen la sensación de amenaza y permiten acercarse a lo que asusta sin necesidad de armarse.
La terapia ofrece, además, algo que en su momento faltó: una relación en la que el miedo puede mostrarse sin que nadie lo minimice ni se asuste de él. Lo que no pudo regularse en soledad empieza a regularse en relación. Poco a poco, la persona descubre que puede sentir miedo y seguir siendo capaz, y que no necesita demostrar nada para merecer su lugar.
Una última reflexión
La contrafobia también protege, y conviene recordarlo antes de querer desmontarla. Fue la estrategia que encontró un niño o una niña para no quedarse paralizado cuando nadie podía sostener su miedo, y es probable que le permitiera llegar lejos. Hoy se abre otra pregunta: ¿qué podríamos descubrir si, por primera vez, nos permitiéramos sentir el miedo antes de saltar? Puede que el obstáculo que más merece ser investigado sea ese pequeño espacio entre sentir y actuar que durante tanto tiempo no tuvo permiso para existir.
Si esta dinámica te resulta familiar, puedes solicitar acompañamiento profesional conmigo.
O adentrarte en la historia de Maya, Nicolás y Sara en Detrás del arcoíris. La Sabiduría,
Miryan Wodnik Valdés
Colegiada nº M-15316, Colegio Oficial de la Psicología de Madrid







