PROBLEMAS DE PAREJA EN VERANO
POR QUÉ EL SOL NO ES LO ÚNICO QUE QUEMA
Cada año, cuando julio empieza a apretar, en la consulta me preguntan cómo evitar los problemas de pareja en verano. En septiembre el planteamiento a veces es este: «Mi pareja y yo nos hemos quemado este verano, y no por el sol. ¿Y ahora qué hacemos?»
El verano no inventa los problemas de una pareja. Los revela.
Durante el año, es fácil autoengañarse. Le echamos la culpa al trabajo, a la falta de tiempo, a la agenda imposible que nunca deja hueco para hablar de lo importante. Pero llega agosto —el mes en el que, en teoría, por fin hay tiempo— y los problemas no desaparecen. A menudo empeoran. ¿Y la solución que casi todo el mundo elige, sin decirlo en voz alta? Esperar a que empiece septiembre, para que la rutina y la falta de tiempo devuelvan a la pareja a un equilibrio conocido. Un equilibrio que puede ser sano. O puede ser, simplemente, la forma en que dos personas han aprendido a no mirarse demasiado.
En este artículo exploramos:
1. Problemas de pareja en verano: UNA prueba de estrés para la relación
Si has discutido más este verano que en los últimos seis meses juntos, no es necesariamente una señal de crisis matrimonial. Es, casi con total seguridad, una señal de que el verano está quitando todas las coartadas.
Durante el curso, la pareja tiene mil motivos externos a los que atribuir la distancia: el trabajo, los niños, el cansancio, la falta de tiempo. En verano, esas coartadas caen una a una. Hay tiempo. Hay espacio. Y, sin ellas, lo que queda al descubierto es la relación tal cual es, sin filtros ni excusas de calendario.
2. Problemas de pareja en verano: los tres riesgos
Demasiado tiempo juntos y escaso tiempo a solas. Compartirlo todo, día tras día, sin un solo hueco individual, no genera más intimidad: genera fricción. Sin espacio propio, cada persona pierde su propio equilibrio, y una pareja compuesta por dos personas desequilibradas difícilmente encuentra el suyo.
Expectativas demasiado altas. Cuanto más deseamos, planificamos y fantaseamos con unas vacaciones, más margen le damos a la decepción. Las vacaciones perfectas que imaginamos en la cabeza casi nunca sobreviven al contacto con la realidad. Esa distancia entre lo esperado y lo vivido se paga, se cosecha como fruto de lo sembrado.
El contexto cultural del propio verano. Es la estación de la playa, del descontrol, de las canciones que hablan sin descanso de enamoramiento, deseo y desengaño. Es también la temporada en la que se sale más de noche y se vuelve a sentir, después de meses de rutina, que uno puede resultar deseable para alguien más. Nada de esto provoca una crisis por sí solo. Pero, combinado, es un cóctel que pocas parejas atraviesan sin sentir al menos una sacudida.
3. Problemas de pareja en verano: los conflictos que más se repiten en consulta
Hay tres patrones que veo repetirse, verano tras verano, con una regularidad casi predecible.
El primero son los errores de comunicación: dar por hecho lo que nunca se habló («pensaba que hoy íbamos a cenar fuera», «supuse que te iba a gustar el plan»), corregir al otro en público, sermonear, echar en cara, responder con un «déjalo, ya lo hago yo» que suena a ayuda y es, en realidad, un reproche. Son gestos pequeños. Repetidos cien veces en dos semanas de convivencia intensiva, dejan de ser pequeños.
El segundo es la falta de objetivos compartidos. Uno quiere montaña y deporte; el otro, playa y no hacer absolutamente nada. Uno quiere desconectar del móvil; el otro necesita estar con su grupo de amigos. Sin una conversación explícita que ponga esos deseos sobre la mesa y los negocie, el conflicto no es una posibilidad: es casi un destino.
El tercero es la sexualidad. Más tiempo debería significar más encuentros, y cuando no ocurre, la tensión suele subir de forma silenciosa. El verano, además, funciona como una lupa: pone en primer plano dificultades que durante el año quedaban veladas por el cansancio y la falta de ocasión, desde la falta de deseo hasta el dolor en las relaciones.
4. Problemas de pareja en verano: qué hacer cuando la crisis ya está encima
No hacer nada, de forma activa. Suena a poco. Cuando el temporal está encima, la tentación es actuar de inmediato para resolverlo, casi siempre desde la rabia, el miedo o el dolor, y casi siempre empeorando las cosas. A veces, la tarea es otra: navegar la ola intentando el menor daño posible, hasta que, sin forzarlo, la marea empiece a bajar sola. Entonces, gestionar las emociones, creencias, actos o evitaciones, la palabra dicha, la no escuchada, la repetida.
La habitación de las discusiones. Si las críticas, los menosprecios y las recriminaciones se han vuelto frecuentes, propongo algo muy concreto: elegid una habitación de la casa —pequeña, poco cómoda, siempre la misma— y acordad que ahí, y solo ahí, durante media hora al día, podéis discutir con total libertad. Fuera de esa habitación, pacto de no agresión. Si alguien vuelve a faltar al otro fuera de esos treinta minutos, la consecuencia es simple: hay que volver a la habitación a decírselo. El resto de la casa se intenta, por acuerdo mutuo, que quede libre de la dificultad en resolver conflictos.
Un detalle diario, no material. Solemos ver con precisión milimétrica todo lo que el otro no nos da. Nos cuesta mucho más como nosotros contribuyendo. Si quieres recibir algo positivo, el punto de partida casi siempre es el mismo: empezar a dar tú primero la realidad que echas en falta. Lo que sembramos, si se dan las condiciones adecuadas, podemos cosecharlo.
5. Problemas de pareja en verano: una crisis no es una sentencia
Toda pareja atraviesa, al menos, una o varias crisis en su vida. Lo primero que conviene hacer es no asustarse y, sobre todo, no magnificarla.
En japonés, la palabra crisis se escribe con dos signos: uno significa peligro; el otro, oportunidad. No hace falta tomarlo al pie de la letra para quedarse con la idea de fondo: una mala época, por difícil que sea, cuando se afronta y se gestiona en lugar de evitarse, casi siempre deja una oportunidad de cambio real detrás.
✦ Así lo leí en Detrás del arcoíris. La Sabiduría (p. 98):
Los momentos de caos nos brindan una oportunidad para ordenar, para construir algo diferente. Toda crisis consciente nos hace una doble llamada: soltar y comprender.
· Soltar los apegos y las falsas creencias o engaños de la mente desenfrenada, que nos llevan a sufrir.
· Comprender desde la autocompasión cómo nos dañamos, conectar con la esencia de quiénes somos realmente y profundizar en lo oculto y desconocido; De esta manera se forja un marco idóneo para la renovación, tal vez anhelada por nuestra alma.
Maya y Nicolás atravesaban una nueva crisis.
Una crisis no necesariamente implica una ruptura. Tampoco asegura que la relación vaya a fortalecerse. Lo que sí puede ofrecer es la oportunidad de mirar aquello que durante mucho tiempo permaneció oculto bajo la rutina, las prisas o las responsabilidades cotidianas. En muchas ocasiones, el verdadero cambio no comienza cuando desaparecen los conflictos, sino cuando ambos deciden comprender qué les está mostrando ese momento difícil.
¿Cómo te llega esta propuesta? Amar a vuestra pareja como si mañana el amor se fuera a apagar, pero quererla como si tuviera que durar toda la vida. Sería un cambio de actitud que, tal vez, te quede muy lejos. ¿Y tal vez quieras explorar algún marco diferente?
Si este verano ha sacado a la luz algo que necesita ser trabajado en pareja, puedes solicitar acompañamiento profesional conmigo.
O adentrarte en la historia de Maya, Nicolás y Sara en Detrás del arcoíris. La Sabiduría:






